¡Miguel ya estaba cansado de esta situación, se encontraba al borde de la desesperación. Sus nervios
estaban completamente destrozados. Ya no resistía aquella prolongada persecución tan terrible. En ese
momento dio una mirada retrospectiva al pasado. A aquellos años primarios de su vida, su niñez...
Recordaba que allí fue cuando todo comenzó. Analizó que aparentemente, no sólo él, sino que su querida
madre también pudo notar aquel horrendo personaje de ultratumba que lo perseguía y horrorizaba
constantemente. Recordó a su madre, cuando muchas veces le gritaba: "¡Miguelito, cuidado con el cuco…!
No bajes para el sótano que te coge el cuco; ¡no vayas para el patio porque el cuco te va a llevar...!" Amaba
mucho a su madre y sabía que ella nunca lo iba a engañar con algo tan terrible, a menos que no estuviera
segura que su advertencia era para protegerlo del mal. En verdad no podría creer que su madre lo pudiera
engañar. Entonces tenía que ser cierto. Aquella mentira acerca del cuco, que su madre le había enseñado,
había quedado incrustada como una cicatriz permanente en su pequeño cerebro. Nunca se atrevió
preguntarle a su amada madre. Pudo notar que desde ese momento en adelante, a donde quiera que él
fuera aquella criatura siniestra lo perseguía. Nunca más se atrevió a estar solo, tenía que estar cerca de sus
padres o algún adulto donde pudiera sentirse protegido.

Habían pasado cinco años de su niñez y aquel pobre niñito por causa del temor, todavía hacía sus
necesidades encima, a menos que su madre lo llevara al inodoro personalmente. Miguelito no se atrevía
siquiera salir a jugar al patio de su casa, lo llamaban el solitario. Lograr que asistiera a la escuela primaria
fue una dificultad muy grande para todos, sus padres y los maestros. A medida que el tiempo pasaba fue
cogiendo un poco de confianza hasta que por fin se adaptó al sistema escolar. Después de todo, allí se
sentía más protegido por causa de la cantidad de personas que estaban a su alrededor. Si el cuco trataba
de hacerle daño la facultad y los otros niños de la escuela lo protegerían.

Miguel desarrolló la habilidad de caminar casi corriendo, como si estuviese huyendo de alguien. Se le veía
caminar un poco más lento cuando lo hacía en grupo, donde generalmente se acomodaba en el centro.
Cuando fue a la escuela intermedia se notaba que su caminar era cada vez más rápido. Al ingresar a la
superior la mayor parte del tiempo corría como una gacela, lo cierto es que sus compañeros lo admiraban,
considerándolo un buen atleta. Fue reclutado para representar a la escuela en competencias de campo
traviesa y logró el primer lugar en todo momento. Nadie comprendía el verdadero motivo de su rapidez, pero
en el corazón de Miguel se ocultaba aquel secreto…, ¡el cuco...! Éste lo perseguía día y noche,
principalmente después de la puesta de sol. En ese momento era cuando más temor sentía, sin embargo, lo
inexplicable y extraño de esta historia era que él prefería ocultarse en la más densa obscuridad...

Por su capacidad atlética, le otorgaron una beca para ingresar a la mejor universidad de su tiempo, pero
prefirió no hacerlo. En su lugar prefirió mejor asistir al gimnasio cada día. En aquel lugar fue desarrollando
sus músculos, además se fue convirtiendo en un tremendo boxeador. Mirándolo bien, aquel joven no le temía
a ninguno, aun ni a los mejores boxeadores, con los cuales practicaba constantemente. Lo cierto es que se
había hecho invencible, solo lo temía.., ¡al cuco...! Le venían pensamientos a su turbada mente, ¿por qué si
no le temía a ningún ser humano, se sentía tan temeroso al sólo pensar que aquel ser del más allá lo
perseguía siempre? ¿Qué mal él había hecho para merecer tan grande castigo? Quizás era una maldición
que le habían echado al nacer... Su angustia era tal que no le deseaba eso a nadie. Pero a pesar del temor
que sentía, había llegado el momento de tomar una decisión, enfrentarse a lo que fuera o seguir todo el resto
de su vida huyendo. "No soporto más mi desgracia, y si en el intento de luchar muero, que muera..," decía,
apretando fuertemente sus puños.

El sol se había puesto en el horizonte, las lúgubres tinieblas comenzaron a caer. El manto de la noche
arropaba lentamente la flora, la fauna y la naturaleza en general. Parecía como si los seres de las tinieblas
habían escuchado el grito de guerra y se habían dispuesto para ver la gran batalla que se llevaría a cabo. El
primero en hacerse notar fue el dulce coquí, quien no podía faltar con su canto singular, ¡coquí...! ¡coquí..,
¡coquí... Su cántico parecía señalar el lugar de la lucha diciendo: ¡Aquí...! ¡Aquí.., es aquí...! Las nubes
parecían huir despavoridamente hacia el sur, develando una luna radiante acompañada pon un ejército de
estrellas. Parecía verse a la osa mayor señalando a la cacerola grande, como diciendo: "me probaron mis
sopas..." Al este, los reyes magos parecían ponerse en línea como para observar mejor lo que iba a suceder
entre un ser humano y uno de ultratumba, ¡el cuco...! Repentinamente, cuando la luna se asomó a mirar, allí
apareció aquel lóbrego personaje, presto para perseguir al pobre Miguel, quien al notar su presencia quedó
petrificado, mientras se decía para sí mismo, con sus labios temblorosos y sus rodillas dando la una contra la
otra: "En esta ocasión me armaré de valentía y me defenderé con uñas y dientes. No estoy dispuesto a
soportar esta situación de tortura ni un instante más..." Estaba tan acobardado que su cuerpo no respondía a
la orden dictada por el cerebro, "muévete, ¡anda muévete y lucha...!" En ese momento, entre los arbustos se
sintió un espectador que había llegado. Era un búho quien aleteando sus alas dijo: ¡ujuú...! ¡Ujuú...! Miguel
sintió que el peligro era eminente y que como que alguien clamaba: “¡huye tú...! ¡huye tú...!” Aquello fue
suficiente para que el pobrecito saliera corriendo como alguien que es perseguido por una turba furiosa. Al
huir tropezó con un gallinero. Las gallinas se alborotaron. "¡Co- co- cooooó!", decía una, mientras un gallo
contestaba “¡Qui- quiri quííí...! ¡Qui-qui-riquíííí!” Miguel, estaba tan confundido que el alboroto de la gallina lo
entendía como "¡por ahí no, ¡por ahí nooo! El cantío del gallo parecía decir: "¡Te alcanzo sí!, ¡te alcanzo síííí!
Mientras Miguel corría, se le oía decir: "¡Patitas, pa’ que las quiero...! Mirando con el rabo del ojo, se dio
cuenta que era perseguido de muy cerca por aquel personaje a quien él temía desde su niñez, ¡el cuco…!,
quien no le perdía ni pies ni pisá , ni pies ni pisá. Miguel corría desesperadamente sin saber a donde ir, pues
se encontraba lejos de su casa. Al pasar, despertó a un perro que estaba a la orilla del camino, quien se le
fue detrás, logrando morder el ruedo de su pantalón. El aterrorizado joven casi se desmaya, al pensar que el
cuco, después de tantos años lo había agarrado por fin. En medio de la confusión logró zafarse, dándole una
tremenda patada al fiero perro, quien salió chillando como un lechón que van a asar. El hombre continuó
corriendo.  Pasó una calle y otra hasta encontrarse en un callejón sin salidas. Al darse cuenta dijo: "No tengo
por donde escapar, de seguro que me matará esta vez". Por su atrofiada mente surgieron tantos
pensamientos... Se acordó la causa por que decidió ingresar al gimnasio en lugar que a la universidad.
También, por qué aprendió el arte del boxeo. Era para este momento, cuando tuviera que enfrentarse cuerpo
a cuerpo al ¡cuco...! No podía seguir huyendo de aquel que lo había perseguido todo el tiempo, haciendo su
vida miserable. Así que se detuvo firmemente (aunque temblando y con los ojos cerrados), volteó por primera
vez su rostro hacia el perseguidor, y comenzó a decir: "¡Ya se te acabó el asuntito so desgraciao!, vamos a
terminar esto de una vez y para siempre". Cuando Miguel se puso en guardia, aquel personaje
simultáneamente hizo lo mismo, y comenzó el combate. Miguel tiraba golpes desesperadamente, mientras
gritaba temblorosamente: "¡Echa pa’ lante cobarde.., se acabó ya la poca vergüenza!, ¡no te temeré ya
más!”. Mientras más se esforzaba en pelear, más se animaba al notar que los golpes de su contrincante no
le hacían ningún daño. Ya, un poco cansado y confundido, abrió sus ojos. Lo que vio en ese momento era
algo increíble para él. ¡No lo podía creer...! Sintió vergüenza de sí mismo por haber sido un cobarde y
engañado tantos años. “Si yo lo hubiese sabido antes, habría tenido una niñez más feliz… Hubiese asistido a
la universidad hasta alcanzar lo que siempre soñé, un doctorado en medicina; o tal vez pude haber sido un
abogado, o quizás un político prominente”, pensó en un abrir y cerrar de ojos…, mientras contemplaba
estupefacto a su adversario. Allí estaba su enemigo frente a él, indefenso, sin poder siquiera tocarlo. Aquel
personaje de quien vivió siempre atemorizado..., ¡era simplemente..., su sombra...!


© Manuel Jordán
jordanelpoeta@gmail.com
¡EL CUCO...!
Un Personaje De ultratumba…
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