Federico era muy amado en aquel hogar. Había vivido allí por algunos años, siendo considerado como
un miembro más de la familia. Era muy querido, principalmente por los niños, a quienes entretenía con
sus payasadas y juegos. Éstos, de cariño le llamaban Rico.

Federico generalmente era pacífico, sin embargo, a veces se paraba en medio del callejón que
conducía a la casa, no dejando pasar a nadie que no fuera conocido. Cuando algún extraño se
acercaba, cambiaba completamente su conducta y comenzaba a atacarlo dándole patadas,
obligándolo a regresar por el camino por donde había venido. Aunque en ocasiones, cuando se
trataba de una dama bonita, daba una vuelta alrededor de ella mirándola de medio lado, una mirada
de esas de enamorao.

Rico cantaba muy bonito. Parece que le gustaba lucirse y por esta razón tenía la mala costumbre de
levantarse muy temprano, debo decir de madrugada. Luego se paraba en aquella callejuela de la cual
se creía ser dueño. Se ponía a cantar en voz alta, de tal manera que despertaba al vecindario. Algunos
le gritaban desde sus ventanas algo así como: “¡Cállate Federico contrallao, que queremos dormir...!”  
Por otro lado, aquellos que tenían que levantarse temprano para ir a trabajar se lo agradecían
grandemente, pues aquel vecindario era muy pobre y no abundaban los relojes despertadores. De
manera, que algunos lo aborrecían, pero otros lo apreciaban mucho, pues además de agradarle su
cántico, también los protegía haciendo de policía en el callejón. La verdad es que su presencia en
aquel lugar mantenía alejado a cualquier mozalbete que viniera con malas intenciones.

La familia con la cual Federico vivía era de las pobres del barrio. En ocasiones no tenían casi ni para
comer. Don Yeyo, como lo llamaban cariñosamente, el jefe de familia, trabajaba en una Central
azucarera cortando caña de azúcar. Esto le producía escasamente para comer, o lo que podríamos
llamar un salario de hambre. Cuando Rico comenzaba a cantar, Don Yeyo se levantaba, entraba a la
letrina. Luego de prender el fogón y tomarse un poco de café prieto y puya, iba a alimentar a sus
animalitos. Entonces cogía su machete debajo del sobaco y se iba a su trabajo entonando la canción
del jibarito o algún aguinaldo de esos de tierra adentro. A medida que se alejaba parecía que
Federico lo acompañaba entonando su acostumbrada melodía.

A pesar que toda la familia se veían delgados y medio enfermizos, Rico se podía notar gordo y
colorao. En realidad él era el menos que pasaba hambre. Diríamos que se ganaba el sustento
cantando, pues algunos vecinos al escucharlo cantar le daban que comer. En otras ocasiones
merodeaba por los alrededores hasta satisfacer el hambre. Rico era más listo de lo que la familia se
imaginaba. Siempre estaba atento a todo lo que se hablaba. Aun cuando no podía estar dentro del
hogar por alguna razón, se metía debajo de la casa y por un pequeño agujero en el piso oía todo lo que
allí se decía. No se perdía ni el más pequeño chisme. Tuvo la suerte que nunca nadie lo había cogido
fuera de base mientras cometía aquella acción impropia.

Se acercaba el día de acción de gracias. La familia, por ser muy religiosa, celebraba la mayoría de las
fiestas, como las navidades, el día de los reyes, la Candelaria, etcétera. Pero la fiesta más
significativa para ellos era el día del pavo, como lo llamaban en su ignorancia los niños. Ese día se
reunían todos los familiares alrededor de la mesa y después de dar gracias al Creador, participaban
de una humilde pero sabrosa cena. Eso sí, nunca faltaba el pavo. Este le era obsequiado todos los
años junto a una comprita, por el bazar de caridad de la parroquia donde asistían todos los domingos.
Primero iban los niños a la clase de catecismo y luego todos a la misa de la mañana.

A pesar de no tener un horno para asar el pavo, Don Yeyo se las arreglaba muy hábilmente. Buscaba
cuatro piedras chinas de la quebrada, o para que se pueda entender mejor, del pequeño río que
pasaba cerca.  Luego las acomodaba y hacía un fogón usando pedazos de leña del monte. Sobre este
ponía una caja de metal que había traído desde la Central, la cual usaba a manera de horno. ¡Oh,
como anhelaban que llegara ese día...! Todos, incluyendo Rico se paraban en la parte más alta de la
loma donde vivían para ver cuando Don Yeyo llegara con su preciada carga. Ya Josefina, su esposa,
tenía todo preparado, el fogón, la leña recogida y algunos ingredientes como recao, ajices dulces, los
que recogía a la orilla del camino. En esta ocasión vieron a Don Yeyo que se acercaba con una
pequeña bolsa en sus manos, pero se notaba triste y cabizbajo. Caminaba lentamente, con cara de
pocos amigos. Así que todos se fueron a esconder porque ya lo conocían y sabían que ese día no se
le podía beber el caldo. Rico prefirió meterse debajo de la casa donde desde su escondite pudiera
enterarse de la situación, sin correr mucho peligro. Ya dentro de la casa, Josefina, cariñosamente, le
preguntó qué había sucedido, por qué se veía tan serio. Don Yeyo le contó que cuando fue al bazar de
caridad para buscar los encargos acostumbrados, le dijeron que lo sentían, que este año no había
pavo por casa de un problema. La refrigeradora donde guardaban las carnes se había quedado
desconectada por varios días y nadie se dio cuenta hasta que fue muy tarde. ¡Se habían dañado todos
los pavos y otros comestibles! ¿Qué vamos a comer este año...? Se lamentaba Don Yeyo, con rostro
sombrío. Josefina con sus zalamerías trató de consolarlo, pero fue en vano. A todo esto, Federico,
preocupado y muy asustado, escuchaba atentamente.

Don Yeyo y Su esposa se fueron a la otra habitación donde estaban los niños escondidos, con el
propósito de explicarles lo sucedido. Allí Rico no podía escuchar nada de lo que sucedía. Don Yeyo
consolando a su familia dijo: “Bueno, de todos modos no se preocupen, este año podemos  comer
cualquier cosa, aunque sean panapenes con bacalao. Déjame amolar un poco mi machete para ir al
palo de panas a traer algunas”. En ese momento salieron del cuarto mientras Yeyo decía: “Traje algo
para  darle  de  comer a  Federico. Rico, que  se había dado  cuenta de lo primero, pero no de la
conclusión final, tan sólo pudo escuchar las últimas palabras dichas por Don Yeyo: “ ... comer a
Federico”. Cuando Rico escuchó esto casi se desmayó del susto. En eso se oyó la voz de Josefina y
los niños llamándolo: “¡Federico...!”, gritaba Josefina. “¡Ricooooo....!”, repetían los niños. Rico se sintió
tan confundido que salió corriendo despavoridamente por todo el callejón, como alma que lleva el
diablo. Casi volando subió por la loma hasta llegar al monte donde desapareció, mientras Josefina
gritaba: “¡A comer, Federico...!, ¡Federico a comer...!” Por la prisa que llevaba y el susto que tenía, lo
único que él alcanzaba a escuchar era, “¡te vamos a comer Federico, te vamos a comer...!” Al pobre
gallo marrueco nunca más se le vio ni la cresta. Desde entonces, Don Yeyo, Josefina, los niños y la
mayoría de los vecinos extrañan su bonito canto. Pobrecito Rico…, sin tan sólo hubiera puesto un
poquito de más atención todavía sería un gallo marrueco feliz...
COMO ALMA QUE LLEVA EL DIABLO
© Manuel Jordán
jordanelpoeta@gmail.com
Midi El Buen Borincano -  Rafael Hernández
Secuenciada por René Rámos . Gracias René
http://www.reneramos.com/
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